La academia de argamasilla y el humanismo digital

Si quien tiene la autoridad introduce una palabra nueva tiene grandes probabilidades de tener éxito, pues a base de repetirla conseguirá que poco a poco los demás también la repitan y así se consagre. Este es el caso de la palabra ‘humanidades’, que había caído casi en desuso en Europa y que volvió a renacer con el proceso de reforma de la universidad, mal llamado de Bolonia.

Se llamó humanidades o “Litterae Humaniores” a un conjunto de saberes que se oponían a las ciencias divinas, cuya cumbre eran la teología y el estudio de las Sagradas Escrituras y los Padres de la Iglesia. La educación comenzaba en la Edad Media en las escuelas de gramática con la lectura y la escritura, inseparables del estudio del latín y su gramática. Logrado su conocimiento se pasaba a las Artes Liberales, que se dividían en dos partes: el Trivium, que comprendía la gramática, la retórica y la dialéctica, o sea las letras; y el Quadrivium, que abarcaba la aritmética, la geometría, la astronomía y la música, o sea las ciencias, entre las que se incluía la música por considerar que derivaba de las proporciones matemáticas entre las notas y la longitud de las cuerdas de la lira.

Las artes liberales daban acceso al grado de bachiller, y tras lograrlo los estudiantes podían acceder a los dos grandes saberes: el derecho civil y canónico y la teología, basándose en el estudio de los libros, entonces llamados códices. En la Antigüedad se llamaba libro a un rollo de papiro o pergamino que se envolvía entre dos varillas, que se iba desenrollando de una y enrollándolo en la otra según se iba leyendo. Hubo grandes bibliotecas, como la de Alejandría, que atesoró más de 500.000 libros, junto a la de Pérgamo, y todas las ciudades y particulares tenían las suyas.

Con el cristianismo se creó el códice: un conjunto de hojas cosidas por un lado y encuadernadas, con el fin de poder agrupar las Sagradas Escrituras, y también se hicieron grandes colecciones legislativas como el Código Teodosiano o el Digesto, en las que los jurisconsultos agruparon, ordenaron y sistematizaron cientos de leyes. Los códices medievales se copiaban a mano con letra caligráfica de fácil lectura que se disponía formando una caja o un cuadro como las páginas de nuestros libros o de nuestro word del ordenador. El proceso era lento, despacito y con buena letra, pero se podían hacer muchos libros en serie en un escritorio o taller civil o eclesiástico en el que un ‘dictador’ iba leyendo el texto que los escribientes, a veces por docenas, iban copiando. Si un taller hacía veinte ejemplares de una obra y se copiaban veinte veces en veinte talleres, los libros se podían producir para vender o intercambiar. Lo que hacía falta eran muchos escribientes que hiciesen el trabajo con atención. A veces se aburrían de copiar y dejaron testimonios de ello poniendo comentarios jocosos en los márgenes.

En el siglo XV se produjo la invención de la imprenta, que permitió hacer libros en serie. Pero esa invención no hubiese sido posible sin el papel, un invento chino traído a Europa, y primero elaborado a base de trapos. El papel era mucho más ligero y fino que el grueso pergamino, que se reservó para la encuadernación de los libros, y en él se imprimía página a página componiendo con unas letras o tipos móviles la caja de cada hoja. Sin la imprenta no hubiese sido posible el Renacimiento y el desarrollo de las humanidades clásicas, ni tampoco la Reforma protestante, basada en la traducción de la Biblia, primero al alemán, y luego al inglés y otras lenguas nacionales. Gracias a la imprenta los estudiantes pudieron tener sus libros, comprados y revendidos, llamados Bártulos, porque el jurista italiano Bartolo era el autor de uno de los libros de derecho romano más usados y pasado de mano en mano.

En la España del siglo XVI la imprenta se introdujo de forma muy débil, y eso explica, como ha señalado el maestro de helenistas Luis Gil, la pobreza del humanismo español. La Iglesia católica no autorizó la lectura de la Biblia en lengua vernácula y por eso tampoco hubo necesidad de imprimir Biblias por miles. Los libros que triunfaron aquí fueron las novelas de caballerías, que conocemos a través de El Quijote y su biblioteca censurada, quemada y en parte ocultada tras una pared por el cura, el barbero, por el bachiller salmantino Sansón Carrasco y por su ama y su sobrina, convencidas de que la lectura hacía a la gente perder la cabeza.

Hubo novelas de caballerías por cientos , pero casi todas han desaparecido y de muchas no se conserva ni un solo ejemplar. Triunfaron, fueron leídas por miles de personas y memorizadas por otras que las recitaban a cambio de unas monedas. Todas eran muy similares en sus argumentos y personajes. Se imprimieron en Sevilla, Valladolid y Madrid en imprentas compradas en Europa de segunda mano y los grabados que las ilustran se utilizaron pasándolas de una a otra. La visión de esos grabados aumentaba mucho el interés de esos video libros.

Nuestro Alonso Quijano, a base de leer novelas entró en un mundo virtual, en un mundo paralelo a la realidad, como nuestro mundo digital. Quiso vivir y triunfar en él, como ahora tantos y tantas, pero sus viajes desde ese pueblo que no estaba en ningún lugar, pero que sí que estaba en La Mancha, fueron un fracaso. El fracaso de comprobar que en un mundo pobre, mezquino, violento, injusto y desigual los ideales que se plasmaban en esos libros siempre chocaban con una realidad en la que las mozas que ejercían de ocasionales prostitutas en las posadas, porque más cornadas daba el hambre, nunca podrían ser princesas. Don Quijote quiso cambiar el mundo real partiendo de su mundo virtual, fruto de la nueva tecnología de la imprenta, y por eso sigue siendo admirable, como reconoció Sansón Carrasco al escribirle el epitafio que decía: Yace aquí el hidalgo fuerte/que a tanto estremo llegó/de valiente, que se advierte/que la muerte no triunfo/de su vida con su muerte.

Se dice que los libros han muerto, lo que es cierto en muchos campos, y que las tecnologías digitales los han sustituido, incluso en las humanidades, en las que algunos predican el humanismo digital, que sería tan absurdo como la jurisprudencia digital. Juristas y humanistas pueden usar los medios digitales para guardar textos sin límite de extensión, para hacer búsquedas de palabras, para manejar imágenes, planos, mapas y completar todo con los registros audiovisuales. Pero no para leer, escribir y pensar. No hay algoritmos que permitan redactar las sentencias del Tribunal Supremo, ni para mejorar las leyes o escribir poemas. Hay maravillosos algoritmos para calcular y procesar información, para entrecruzar datos, pero hay que saber qué datos queremos y qué es lo que queremos encontrar, porque nadie puede hallar lo que no busca, y si algo le sale al encuentro no sabrá de qué se trata.

Los humanistas digitales son meras caricaturas de los científicos, son profesores que se avergüenzan de lo que son y que quisieran ser otra cosa para la que no están capacitados. Y por eso confunden el medio y el fin. Creen que buscar palabras y citas con una máquina es ser creativo, y confunden la sofisticación de los programas informáticos con la profundidad de un pensamiento que cada vez entienden menos. Poco a poco van dejando de poder apreciar la originalidad y la creatividad y por eso, como mediocres que son, se refugian en la norma y el protocolo, que cuanto más rígido mejor será, ya que dejará menos libertad y posibilidad de equivocarse.

Como no saben apreciar lo nuevo adoran el orden, la disciplina y la sumisión a la autoridad. Son lo contrario que el bueno de Don Alonso Quijano, porque no quieren cambiar el mundo real con su mundo virtual, quieren que la realidad no se vea y se pueda ocultar tras el telón de ese mundo, del que solo pretenden beneficiarse. Si alguien escribiese su novela sería El Quijote al revés, la historia de un héroe que solo veía la realidad, y que muere derrotado por el mundo virtual, el único que parece existir porque no se deja que nadie se exprese fuera de él.

Estos nuevos eruditos forman la Nueva Academia de Argamasilla de Alba, en La Mancha, retratados por Cervantes con personajes como el Monicongo, el Paniaguado, el Caprichoso y discretísimo, el burlador académico, el Cachidiablo y el Tiquitoc. Veamos el poético logro del último de la lista, digno de algún humanista digital asistido por ordenador. EPITAFIO: Reposa aquí Dulcinea,/ y aunque de carnes rolliza,/ la volvió en polvo y ceniza/ la muerte espantable y fea./ Fue de castiza ralea/ y tuvo asomos de dama,/ del Gran Quijote fue llama/ y fue gloria de su aldea.

Todo un modelo a seguir por su sensibilidad e ingenio.

Fuente: El Correo Gallego

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