La aventura de los libros. Un recuerdo de la Imprenta Nariño

La primera imprenta llegó Pereira en 1904. La trajo el médico Mariano Botero. Fue la única hasta 1909, cuando Roberto Cano Montoya y Eduardo Piedrahita se asociaron para adquirir, en Manizales, algunas máquinas de la Tipografía Caldas y abrir en Pereira la Imprenta Nariño, que bajo la dirección de Ignacio Puerta funcionó por cerca de quince años, imprimiendo gran cantidad de los periódicos que circularon no solo en Pereira, sino en los pueblos vecinos. Entre los semanarios que se imprimieron en la Imprenta Nariño es necesario destacar La Palabra (1910), El Martillo (1916), Bien Social (1917), Glóbulo Rojo (1917) y Brotes (1919), de los cuales solo existen copias en la Biblioteca Nacional de Colombia.

Esta imprenta fue además la primera, al menos que se tenga noticia, que se aventuró a publicar folletos con obras literarias, como Brotes de rebelión y voces sumisas (1914), de Julio Cano; El poema de mi vida, de Alfonso Mejía Robledo; Texto de música, de Ezequiel Morales y Concha y Juegos florales de Armenia (1919). En este sentido, es la precursora de la actividad editorial en Pereira.

Salvo algunas menciones en los libros de historia, el único relato que conocemos de la Imprenta Nariño nos lo legó el escritor Lisímaco Salazar en su autobiografía Con arrestos de guapo (2015) y que reproducimos en esta columna, como una invitación a los historiadores a indagar por este episodio fundamental en el desarrollo de la ciudad:

“Un día don Ignacio Puerta me llevó a conocer los talleres de la Imprenta Nariño. Cuando abrió la puerta que comunicaba a dichos talleres con la oficina, llegó hasta mi nariz el olor del plomo, del estaño, y el amoníaco que contienen los tipos de imprenta. Cuando llegamos a la sección de máquinas, el olor de la tinta se hizo más penetrante, pues imprimían en la maquina “Washington” unos carteles de colores que me recordaron la escuelita de Dolores Londoño, cuando nos hizo confeccionar a los alumnos unos dibujos en papel marquilla con anilinas policromas. “En este tipo de máquina publicó el general Antonio Nariño “Los derechos del hombre”, dijo don Ignacio. Fue una lección de historia que no se me olvidó nunca. A la izquierda estaba instalada una máquina cilíndrica de medio pliego, marca “Diamond”, en la que un operario imprimía dos páginas de Bien Social. Más al fondo, frente a una puerta de los talleres una máquina “Libertti” de pedal, abría y cerraba su boca machacando papeles satinados, dejando impresos unos membretes con destino a la botica del Dr. Alcides Campo. Don Ignacio me iba indicando el destino de cada cosa. Parado junto a una maquinita de mano, dijo: “esta es la tarjetera”. Yo que ya había visto mi nombre en letras de molde, observé el accionar de las máquinas; el ir y venir de la platina de la cilíndrica; el abrir y cerrar de la “Libertti”; el subir y bajar de la “Washington”. Ejes de donde pegaban las ruedas volantes; bandas de cuero que iban hasta el motor trifásico; cuerdas de cobre que subían hasta el “suiche” que se conectaba o se desconectaba cuando era necesario. Piñones y cremalleras, cuyos dientes encajaban matemáticamente. Rodillos que recibían la tinta y la molían en un cilindro en la “Diamond” o en una platina en la “Libertti” y la “tarjetera”.

Sobre un tablero con cintas horizontales descansaban las fuentes de tipos de madera para hacer los cartelones. Al fondo, en un rincón, la mesa con la guillotina para recortar el papel. Cerca de esta, los chibaletes largos, sobre los cuales descansaban cajones, conteniendo fornituras, madera de imposición, interlíneas de uno a cuatro puntos y lingotes de seis a diez y ocho. En uno de aquellos cajones había muchos monogramas, los suficientes para buscar las iniciales entrelazadas de cualquier nombre y apellido. En el salón siguiente penetraba la luz por las puertas y frente a cada una, chibaletes llenos de cajas surtidas de tipos ágata, breviario, long primer, pica, small-pica y grai- primer, tipos de texto de seis a diez y ocho puntos respectivamente.

Cuando recorría los talleres con don Ignacio, ignoraba de qué se trataba. Sólo observaba una caja montada sobre el chibalete, llena de cajones pequeños, dentro de los cuales reposaban las letras. Otra caja colocada oblicuamente con cajoncitos más pequeños, donde iban en orden las mayúsculas. Al frente, de pies, el operario con un componedor en la mano izquierda y una interlínea de cobre que se interponía entre línea y línea, accionaba su mano derecha de cajón en cajón, aventando las letras con una rapidez que me asombraba.

Don Ignacio Puerta observaba la curiosidad que me embargaba. Veía mi insistencia en pararme frente a los chibaletes y tomar en la mano una de las letras o frente a las máquinas de imprimir para observar sus movimientos. Cuando llegamos a la oficina me dijo: “¿usted quiere aprender tipografía?”. Sin titubear respondí: “Sí señor”.  “Véngase mañana para que empiece”.

Fuente: El Diario del Otún

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